Esta ventana...

Esta es una ventanita a las locas fantasías, vivencias e histerias que voy acumulando en esta carrera que se llama vivir, para mi Escribir es una suerte de necesidad primaria, un goce o exorcismo violento. Es la respiración del alma...No es foro de debate. Pero agradeceré tu comentario en el alma.
Besos, besos largos como ríos. Sofía

domingo, 10 de abril de 2011

Oscuro bosque oscuro, de Jorge Volpi

Nota: esta entrevista se publicó en El Espectador y acá la primera parte. 

¿Cuántas obras literarias corren el riesgo de no llegar a manos del lector por culpa de los caprichos comerciales de las editoriales? Miles, con seguridad. Un caso reciente es el de Oscuro bosque oscuro (Ediciones B), novela experimental deJorge Volpi escrita en verso. 

Con 42 años de edad, el precoz mexicano ha publicado once novelas y seis libros de ensayo de alta calidad, según los críticos literarios y los jurados de los premios que le han otorgado. Es uno de los escritores más importantes del continente y aún así tuvo que acudir en su país y en España a editoriales independientes para lograr la circulación restringida de esta “historia de terror”. 

En Colombia a nadie le interesó excepto a un editor enamorado de la poesía comoAlfonso Carvajal. No pudo publicarla hace un año en Random House Mondadori, pero lo impactó tanto, por la estética de su construcción, que se salió con la suya editándola ahora en Ediciones B y anotándose el que debiera ser uno de los éxitos de la Feria del Libro de Bogotá, la primera semana de mayo, a la que Volpi aspira a venir. 

“No es un libro de poesía”, me recalca Volpi vía internet mientras prepara el trasteo desde su amado Distrito Federal, donde trabajó cuatro años como director del cultural Canal 22, hacia Roma donde fue nombrado agregado cultural de la Embajada de México. Sí, de acuerdo. No es que quiera dárselas de poeta, pero sí poner la versificación o “prosa cortada” al servicio de la narrativa para lograr una novela surgida de la línea de experimentación trazada primero por Ovidio (Las metamorfosis), luego por Pushkin (Yevgueni Oneguin) y en los últimos tiempos por Benedetti (El cumpleaños de Juan Ángel), Ransmayr (El último mundo) ySeth (The Golden Gate). 

Volpi tampoco lo hace para matricularse junto a ellos, sino porque la Segunda Guerra Mundial y el genocidio ordenado por Hitler siempre lo han inquietado. En este caso el asesinato, en Julio de 1942, de 1.800 judíos de un pequeño pueblo de Polonia a manos de un batallón de la policía de reserva, veteranos alemanes bajo órdenes de las SS. Aunque ya había capitalizado el tema con En busca de Klingsor (Premio Biblioteca Breve), el drama de los niños sacrificados le seguía dando vueltas en su pelada cabeza, hasta que una imagen se convirtió en verso y el “Había una vez…” en el irreverente punto de partida de una antifábula que cuenta el terrible sacrificio de 2.812 “insectos” en seis horas y media. 

Una estructura fragmentaria matizada por una paradójica nueva versión de los cuentos de los hermanos Grimm, surgidos casualmente de los mismos bosques que Volpi recorrió en su investigación sobre los nazis. Hansel y Gretel devorados por la bruja; Caperucita roja devorada por el lobo; la Cenicienta, que nunca sale del encierro al encuentro con el príncipe y muere de hambre; el flautista de Hamelín, que no conduce ratas, sino niños hacia un despeñadero. La maldad humana y la inocencia infantil en un juego casi musical. Una tarea ambiciosa, que en manos de un escritor sin dominio de la técnica hubiera terminado en desastre, se convierte en una bella pieza en la que Volpi moldea la narrativa, apoyándose en las comas, hasta lograr un ritmo en el que las reiteraciones parecen cánticos de un escritor melómano, descubierto a finales de los 80 a partir del libro de cuentos Pieza en forma de sonata, para flauta, oboe, cello y arpa. 

Invita al lector a marchar a la guerra junto a personajes como Luk Embler, un panadero quebrado; Jon Guridien, un cabo perturbado; el enamorado subteniente Drajurian; el exfabricante de juguetes y ahora de armas Erno Satrin; el ambicioso sargento Amat, un malvado leñador y su esposa; el disciplinado pero sensible capitán. En medio de ese concierto de voces convence al lector de incluir su partitura, un diario a través del que puede ser juez y parte de las historias hasta el desenlace. “Comprendes ahora, lector, que ya nunca saldrás del oscuro bosque oscuro”. Contención, silencios, significación, tres factores que ameritan que esta novela condensada en apenas 125 páginas sea leída y analizada con detenimiento. 

Un autor con un gran presente y un gran porvenir en la literatura. Incluso, el Foro Económico Mundial lo exaltó en 2007 como uno de los líderes globales jóvenes con mayor futuro. No es exagerado decir que la capacidad creativa de Volpi es prodigiosa, así ejerza trabajos de tiempo completo, porque nunca deja escribir. El niño negado para el fútbol, pero tan brillante que pensaba en ser científico, se prepara para lanzar en Abril, con Alfaguara en España, un ensayo sobre el cerebro y la ficción literaria titulado “Leer la mente”. 

- ¿Cómo llegó al punto de fusionar el verso y la novela? 
- Cuando encontré el tema del libro, esta historia en torno a los genocidios, me di cuenta de que la propaganda y su repetición constante se hallaba, en buena medida, en el origen de estos terribles acontecimientos. Así que busqué un ritmo narrativo que recordara esas repeticiones constantes y obsesivas de la propaganda nazi o de los mensajes por la radio de Ruanda, y me di cuenta de que sólo el verso libre, lleno de repeticiones, más que de rimas, podría servir para crear ese ambiente hipnótico en el lector. 

- ¿Cuáles son sus autores de referencia a nivel poético y cuáles consultaba mientras escribía Oscuro bosque oscuro? 
- Insisto: no es un libro de poesía, sino una novela que usa el verso libre como recurso narrativo. Así que más bien pensaba en otras novelas en verso escritas últimamente, de autores como Seth o Ransmayr. 

- ¿La escribió como se lee: rápido? 
- No, no tan rápido. Nunca había escrito así, en verso, en donde cada palabra adquiere un peso mayúsculo, así que ese era el principal reto: encontrar, a cada momento, la palabra justa. 

- Las reiteraciones resultan claves en la narración. ¿Cómo descubrió esta musicalidad? 
- El ritmo era lo central; tenía que afinar el oído, algo que no siempre hacemos los narradores. 

- También hay un concierto de comas. ¿Así encontró el ritmo vertiginoso y el estilo? 
- La ausencia de puntos convierte el texto en una larga plegaria, y la vuelve, en efecto, vertiginosa.

viernes, 8 de abril de 2011

Elogio de la lectura y de los libros por Álvaro Mutis


"Leer un libro es volver a nacer. Es el camino para apropiarnos de un mundo y de una visión del hombre que, a partir de ese momento, entran a formar parte de nuestro ser. Una lectura disfrutada con riqueza y plenitud, es la conquista más plena que puede hacer un hombre en su vida. Hay una condición esencial que hará que este regalo de los dioses sea para siempre. La lectura debe causarnos placer. Un placer que venga de lo más hondo del alma y que ha de quedarse allí intacto y disponible. Esto nos llevará a otro de los dones que concede la lectura y es la relectura. Así, volver a leer un libro tendrá siempre una condición reveladora y es ésta: a cada lectura el libro se nos va a presentar con un nuevo rostro, con nuevos mensajes, con otros ángulos para percibir el mundo y los seres que lo pueblan.
Suele hablarse en estos tiempos de la desaparición del libro por obra de tecnologías aparentemente inevitables. Grave error el pensar así. El libro acompañará al hombre hasta su último día sobre la tierra. Sencillamente porque ha sido la más alta representación de la presencia del hombre en el universo. Cuidemos el libro, amemos el libro, en el libro se esconden las más secretas claves de nuestro paso por la tierra, el más absoluto testimonio de nuestra esencia como hombres. El libro es el mensajero de un más allá cuyo rostro no acabamos de percibir"

Besos, besos largos como ríos. Sofía

jueves, 7 de abril de 2011

Chéri, de Gabrielle Sidonie Colette


Terminé la lectura de  Chéri, de Gabrielle Sidonie Colette. Y sí, digo ayer porque literalmente me lo leí en una tarde. ‘Chéri’ es una de esos pequeños libros joya, tan bien presentado por Lumen, pequeñito, con tapa dura, sobrecubierta, una portada elegante y un argumento aparentemente banal. Simplemente perfecto.
‘Chéri’ nos sitúa en 1912 y nos cuenta la historia de Léa de Lonval, una mujer madura pero con una belleza aún abrumadora. Una vividora, que ha sobrevivido de amante en amante con la dignidad y el porte de una reina. Así, esta mujer experta comenzará una relación con Fred Peloux, amorosamente apodado Chéri, un joven de diecinueve años, hijo de su mejor amiga y contrincante. El joven Chéri vivirá durante seis años mimado y asistido por Léa, hasta que la cruel realidad deberá ceder ante el paso del tiempo. Chéri contrae matrimonio y ambos deberán enfrentarse a sentimientos encontrados.
Una novela sobre la dureza del amor, el deseo, la felicidad, la belleza y los estragos del tiempo. Una historia cruel sobre una sociedad hipócrita, de moral laxa y costumbres mundanas, donde aparentar es más que ser, y los sentimientos deben ser reprimidos a toda costa. ya sabes esto del cougar style.
‘Chéri’ es una novela de personajes. Léa de Lonval, la hermosa mujer madura que ve cómo se le escapa el tiempo; Chéri, mimado y confundido, egoísta hasta los extremos más insospechados y capaz del amor más grande imaginado;Charlotte Peloux, la madre de Chéri, a quien Léa y este llaman ‘la arpía nacional’, dañina y venenosa; Edmée, la joven y sufrida esposa. Todos ellos conforman un fresco impresionista de época única.
Gabrielle Sidonie Colette nació en 1873 en un pequeño pueblecito de la Borgoña francesa. Tras su infancia feliz, vendría su matrimonio con Henry Gauthier-Villars, un vividor parisino. Sin embargo, harta de que su marido firmara sus obras descaradamente y le fuera infiel en multitud de ocasiones, Colette se independizó y se dedicó a la escandalosa vida teatral. De estos años datan sus aventuras con otras mujeres y sus vivencias más disipadas. Más tarde se casará con Henry de Jouvenel, un periodista, con el que tendrá su única hija. En 1923 también se divorciará de Jouvenel, y ya con cuarenta años vivirá una relación amorosa con su joven pupilo, el hijo de un amigo. En 1945 fue elegida miembro de la Academia Goncourt. Murió en 1954, y es la única escritora francesa a la que se le han concedido funerales de estado.
Hace poco se ha hecho una adaptación para el cine, dirigida por Stephen Frears, con Michelle Pfeiffer y Rupert Friend como la pareja protagonista y la verdad es que después de leer el libro estoy deseando verla. Por si quieres curiosear, aquí puedes ver el trailer en español
Ya había leído de Colette dos obras antes, El trigo en ciernes (que también he visto traducida como El trigo verde) y La ingenua libertina. Las dos me gustaron mucho, especialmente, ‘El trigo en ciernes’, por lo que cuando vi este título no pude resistirme. Perfecto para una tarde de lluvia, y otro clásico para mi biblioteca.
Se exhibía a la plena luz, hacía girar la cabeza, abría de par en par sus ojos que parecían negros, pero cuyo oscuro tono marrón y rojizo conocía Léa. Ella tocó con el índice, como para designar y elegir lo más raro y precioso entre tanta belleza, las cejas, los párpados, los ángulos de la boca. Por un momento, la forma de aquel amante al que despreciaba un poco le inspiraba una especie de respeto.
Editorial Lumen
176 páginas
ISBN: 9788426417459

jueves, 31 de marzo de 2011

Jorge Ibargüengoitia

Jorge Ibargüengoitia




Columnista de Vuelta, Proceso y el Excélsior, dramaturgo de un acto y muchas gracias, cuentista (sus relatos fueron recogidos en el volumen La ley de Herodes), mamagallista como pocos, Jorge Ibargüengoitia salpimentó las letras mexicanas entre 1954, cuando apareció su primera obra,Susana y los jóvenes, y 1983, cuando se vino a tierra cerca de Madrid el avión de Avianca en que viajaba, y que también se trajo a tierra a Martha Traba, Ángel Rama, Manuel Escorza y otras 177 personas, entre pasajeros y tripulación.

De sí mismo escribió: “Nací en 1928 (el 22 de enero) en Guanajuato, una ciudad de provincia que era entonces casi un fantasma. Mi padre y mi madre duraron veinte años de novios y dos de casados. Cuando mi padre murió yo tenía ocho meses y no lo recuerdo. Por las fotos deduzco que de él heredé las ojeras [...] Crecí entre mujeres que me adoraban. Querían que fuera ingeniero: ellas habían tenido dinero, lo habían perdido y esperaban que yo lo recuperara. En ese camino estaba cuando un día, a los veintiún años, faltándome dos para terminar la carrera, decidí abandonarla para dedicarme a escribir. Las mujeres que había en la casa pasaron quince años lamentando esta decisión ‘lo que nosotros hubiéramos querido’, decían, ‘es que fueras ingeniero’. Más tarde se acostumbraron”.

En 1964 Monsiváis se le fue encima —bueno, no a él, a sus artículos—, y en la última crítica de teatro que escribió se despidió de él y de sus lectores con estas palabras: “Los artículos que escribí, buenos o malos, son los únicos que puedo escribir, si son ingeniosos [...] es porque tengo ingenio, si son arbitrarios es porque soy arbitrario, y si son humorísticos es porque así veo las cosas, que esto no es virtud ni defecto, sino peculiaridad. Quien creyó que todo lo que dije fue en serio, es un cándido y quien creyó que todo fue broma, es un imbécil”.



De la castidad y otros malos hábitos

Ante la amable petición de quien tan acertadamente dirige, redacta, forma, etc., esta revista, en el sentido de que escribiera alguna cosilla acerca de los paraísos artificiales, me dirigí al docto Mimí Pinzón, quien me proporcionó el fichero que adjunto a continuación. Dice así:

Alpipsia. Vicio de Alpeps. Consiste en llegar de la oficina a las siete de la noche, o a más tardar al cuarto para las ocho, quitarse los zapatos, el saco y la corbata, guardar todo con esmero y luego, en calcetines, entrar en la cocina y preparar un batido de lo siguiente: soletas, leche condensada, mermelada de zarzamora, un poco de vainilla y tres huevos, se le agrega ron al gusto y luego, se lo toma uno frente a la televisión. Este vicio, como puede verse fácilmente, es de principiantes y de asalariados.

Cenotipia. Consiste en trabajar bombas centrífugas, autosebantes o tractores diesel, sudar copiosamente, caminar una hora antes de llegar a casa, no tener luz eléctrica en la casa, encender un quinqué, quitarse la camisa y los pantalones que huelen a diesel, y ponerse otros medio limpios, pero que no huelen a diesel, llenar una palangana de agua limpia, y lavarse la cara y los brazos con jabón Heno de Pravia, cenar hojas de naranjos y tacos de frijoles con chile, y luego, sentarse en unachaise longe a leer Vogue, Harper’s Bazaar y las obras completas de Eudora Welty.

Cornucopia. Consiste en tener un pleito con la novia a raíz de una discusión acerca de si es conveniente o no comer tortas en los camiones, arrojar siete pesos de tortas por la ventanilla, bajarse en una esquina imprevista, ver cómo se aleja el camión con la novia llorosa, caminar veinticinco cuadras, llegar a casa, poner en el tocadiscos la pieza predilecta de la novia, apagar las luces y acostarse en el piso de la estancia despatarrado, mirando al techo con una mueca de dolor.

Disotermia. Consiste en vivir en pecado con una joven durante tres años, aburrirse de ella, descubrirla cuando un hombre, de preferencia de origen argentino, le besa la mano, comprar un boleto para los ejercicios de encierro del padre Pérez del Valle S. J., pasar dos días levantándose a las cinco de la mañana, bañándose en agua fría, comiendo comida de monjas y haciendo otras mortificaciones, y luego, en un orgasmo de santidad, confesar: “¡Padre, he vivido en pecado!”.

Dipsomanía. Consiste en prometerse uno mismo no tomar copas en dos semanas. Entrar el primer sábado a las doce del día en el Sorrento, encontrarse con media docena de periodistas de segundo orden (cada uno de los cuales se ha prometido a sí mismo no tomar copas en dos semanas), caminar los siete hasta La Universal, saludando gentes en la Avenida Juárez, tomar cuatro cervezas en La Universal, Pagar la cuenta, caminar hasta La Mundial, tomarse otras cuatro cervezas y gastar cuarenta pesos en las rifas de pollos; no sacarse ninguno; organizar una expedición punitiva para ir a comprar tacos, ir a comprar tacos, comerse los tacos con otras cuatro cervezas, pagar la cuenta, caminar hastaAmbos Mundos, pedir ron Castillo, hablar del pecado original y tirar la tercera copa de ron Castillo, despedirse de los que se van, ayudar a vomitar a los que se quedan, hablar de la vida íntima, y del pasado, tirar otra copa de ron Castillo, pagar con un vale, caminar hasta el Caracol, bailar, beber, y luego, después de un pleito con los meseros, dejar empeñadas las plumas fuente y los relojes.

Eupepsia. Consiste en no dar limosnas a los pobres. Es más, consiste en contestarles de mala manera. Por ejemplo: si un niño se acerca a pedir un “quinto para un pan”, se le contesta: “desde luego que no te lo doy, muchachito”. Y se agrega, como para uno mismo: “Desde chiquitos se acostumbran a no trabajar”. A ésos que vienen a pedir trabajo, se les contesta: “¡Pero si usted tiene la cara llena de pústulas!”. A los que vienen de Querétaro y no tienen con qué regresar: “Usted lo que quiere es emborracharse, en su rostro se ven los estigmas de todos los vicios”. A las mujeres que traen receta y no tienen para la medicina: “Vaya a la Cruz Roja, allí todo lo regalan”. A los ciegos que quieren cruzar la calle: “Cómprese un perro de esos amaestrados, hay unos muy buenos”.

Geodesia. Es el vicio de los Magallanes frustrados. Consiste en tener enmarcado un plano de la Ciudad de París del siglo XVIII, beber Pernod de 45 grados, poniendo el hielo primero y teniendo cuidado de que se queme antes de agregar el agua, pasar queso Camambert en una tabla después de la comida, probar el vino y decir “este vino era mejor antes”, comprar un libro que se llama Europe Gourmand y dejarlo olvidado arriba de una consola, y discos de Katyna Ranieri y “la Piaff”, y luego, en momentos de intimidad, decir a los amigos:; “si Dios me socorre, el año que viene llevaré a los niños a que conozcan el mar”.

Godonia. Es un vicio femenino. Consiste en leer las obras completas de Eric Fromm y luego, ir descubriendo rasgos femeninos en el marido, que es un orangután; en decirles a los amigos neurasténicos, que no saben amar; en hablarles a las amigas embarazadas de Jonás y la Ballena; en rechazar amistades por “negativas”; en descubrir en sí misma talentos para la poesía y sentirse frustrada ipso facto; en cambiar de peinado cada quince días; en sentir la vida vacía, y luego, en una borrachera, romper una puerta de un puñetazo.

Megapopsis. Consiste en haber tomado Chabils hace cinco años y mencionar el hecho cada vez que se juntan más de cuatro personas; en mezclar en la conversación las aventuras de Carlos (Fuentes), Elena (Poniatowska) y Jaime (Torres Bidet); en recordar vívidamente los detalles de aquella noche sublime en que Serge Lifar inventó el mambo; en conocer a la perfección los hábitos sexuales del Megaterio y del Leviatán y en admirar los sombreros de Jackie. Los adictos a este vicio acostumbran pasar temporadas de un mes en Toluca y platican que estuvieron en Bermudas.

Misticomanía. Consiste en leer el Manual de quiromancia sentado en el excusado, en voltear tazas de café turco, en quedarse absorto contemplando la propia mano, en hacer expediciones a la Colonia Nápoles para consultar a una cartomanciana; en comprar en la Librería Francesa los doce libros de Barbault; en decirles a los amigos que no son del signo que se imaginan, sino de otro mucho más desagradable; en encontrarle a la gente parecido con Lord Robert Baden Powell, e insultarla; en no lavar los platos y decir “es que soy Picis”, o romper la piñanona y decir “es que soy Aries”, o matar al gato y decir “es que soy Cáncer”; en tomar la mano de la recién llegada y decirle “Veo en tu mano que no sabe usted vestirse”, o la del recién llegado y decirle: “Veo en su mano que es usted muy atractivo sexualmente”; o decirle a un hombre: “Tú me vas a amar, yo soy bruja y lo siento en la punta del estómago”.

Positiluxia. Consiste en saber todas las respuestas sin haberlas aprendido; en estar avergonzado de tener casa propia; en comprar un Volkswagen en abonos, y un refrigerador en abonos; en decir la frase: “el sistema bancario mexicano es el agio legalizado”; en abrir una lata de jamón jaleado de $80.00, acordarse entonces de los menesterosos de la India, y comerse el jamón de mala gana; en ir a la representación de las Brujas de Salem; en decir al plomero que en México priva la injusticia y obligar a la criada a recitar Pipa pases para solaz de la concurrencia.

Todos estos vicios están debidamente comprobados, catalogados y sancionados por la Academia de la Lengua, el Instituto de Investigaciones Escatológicas y el Colegio de Cardenales. Esta publicación y yo en particular, nos hemos hecho acreedores de toda clase de bendiciones, agradecimientos y loas por haberlos dado a conocer como lo que son, poniendo de esta manera un hasta aquí a su propagación y ejercicio entre personas ignorantes y distraídas.



Lo fusilamos de: revista S.NOB, n° 7, 15 de octubre de 1962, pp. 11-12. Edición facsimilar, México, Conaculta y Editorial Aldus, 2004. Gracias a Mario Jursich por mostrármela y prestármela.

Mahalaksmi Ashtakam

miércoles, 23 de marzo de 2011

Las ruinas circulares [Cuento. Texto completo] Jorge Luis Borges

Las ruinas circulares[Cuento. Texto completo]Jorge Luis Borges
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

500 Years of Female Portraits in Western Art




by Philip Scott Johnson
Music: Bach's Sarabande from Suite for Solo Cello No. 1 in G Major, BWV

Un sueño dentro de un sueño de Edgar Allan Poe


Un sueño dentro de un sueño
de Edgar Allan Poe

¡Toma este beso en tu frente!
Y, ahora despidiéndome de ti,
Así mucho tengo que confesar—
No está equivocado, quien estima
Que mis días han sido un sueño;
Aún si la esperanza se ha volado
En una noche, o en un día,
En una visión, o en ninguna,
¿Es por eso menor la ida?
Todo lo que vemos o parecemos
Es solo un sueño dentro de un sueño.
Me paro entre el rugido
De una orilla atormentada por las olas,
Y tengo dentro de mi mano
Granos de la dorada arena—
¡Cuán pocos! aun como se arrastran
A través de mis dedos a lo profundo,
Mientras lloro-¡mientras lloro!
¡Oh Dios! ¿no puedo asirlos
Con más fuerza?
¡Oh Dios! ¿no puedo salvar
Uno de la despiadada ola?
¿Es todo lo que vemos o parecemos
Solo un sueño dentro de un sueño?

martes, 22 de marzo de 2011

LO QUE QUEDA DE PANCHO

miércoles, 16 de marzo de 2011

jueves, 10 de marzo de 2011

Le Cafe

Kali, The Dangerous Mother

DESTRUYENDO LOS ENEMIGOS INTERNOS!!!

jueves, 24 de febrero de 2011

sábado, 22 de enero de 2011

De10.mx 10 obras maestras de la literatura iberoamericana para leer en 2011

De10.mx 10 obras maestras de la literatura iberoamericana para leer en 2011


10 obras maestras de la literatura iberoamericana para leer en 2011

10 novelas para leer este 2011.

Pedro Páramo - Juan Rulfo. Esta tradicional novela mexicana cuenta la historia de Juan Preciado, quien regresa al pueblo de Comala para reclamarle a su padre, Pedro Páramo, la herencia que le pertenece. Preciado encuentra un pueblo fantasma y deshabitado, lleno de los espectros que ahí vivieron, menciona el portal diarioinca.com.

La casa verde - Mario Vargas Llosa. La casa verde ocurre en dos lugares muy alejados entre sí, Piura, en el desierto del litoral peruano, y Santa María de Nieva, una factoría y misión religiosa perdida en el corazón de la Amazonia. Símbolo de la historia es la mítica casa de placer que don Anselmo, "el forastero", erige en las afueras de Piura. Así lo señala el sitio lecturalia.com.

La feria - Juan José Arreola. Esta novela recoge los anales de un pueblo imaginario al sur de Jalisco, algunos recuerdos de la infancia, cosas leídas, vistas y oídas. El tono en que están contadas las historias, la fidelidad de los giros populares y el realismo mágico son las mejores cualidades de este libro desordenado, múltiple y singular. Esto lo destaca la sinopsis de la novela publicada en el portal de la librería El Sotano.

Farabeuf - Salvador Elizondo. Salvador Elizondo juega con las nociones de tortura, cirugía y coito, para fundirlas con el dolor y el placer. Así lo señala el sitio de la librería Gandhi.

El tañido de una flauta - Sergio Pitol. En el Festival de Venecia, un productor cinematográfico mexicano asiste deslumbrado a la proyección de una película japonesa, en la que se cuenta una historia que, enigmáticamente, no puede ser sino la vida del escritor Carlos Ibarra, un amigo del productor, destaca lecturalia.

Guerra en el paraíso - Carlos Montemayor. El libro cuenta la historia de la guerrilla del combatiente comunista Lucio Cabañas, a finales de los años sesenta y principios de los setenta. Las voces, los juegos espacio-temporales y de enfoques son utilizados para exponer una visión panorámica de los acontecimientos, destaca el portal entrelectores.com.

Morirás lejos - José Emilio Pacheco. La historia gira en torno a un escenario citadino, en México, donde un personaje observa desde su ventana a un individuo que diariamente está sentado en una banca de un parque, leyendo la sección Aviso Oportuno del periódico, de quien sospecha, le está vigilando.

Durante la trama se describen dos hechos importantes en la historia de los judíos: la caída de Jerusalén ante el imperio romano, que dio inicio a la diáspora, y la vida en los campos de concentración nazis según un sobreviviente, menciona dejaboo.net.

El mono gramático - Octavio Paz. Un hombre recorre un camino en dirección a la ciudad de Galta, muy próxima a Delhi. A lo largo del viaje, el hombre conocerá a personajes tan increíbles como los propios mitos indios, sorteará los vericuetos de la naturaleza y asistirá al esplendor de impresionantes construcciones y de un paisaje que le traerá recuerdos de alguna ciudad del sur de España o de México, menciona galaxiagutenberg.com.

Tirano de Banderas - Ramón María del Valle. Un imaginario país, Santa Fe de Tierra Firme, vive sometido a la dictadura del general Santos Banderas, al que se enfrenta una oposición empujada por alucinados visionarios, con aires de redentores místicos. El autor denuncia cualquier sistema político que rebaje la condición humana a las fronteras de lo animal, señala lecturalia.com.

Península, península - Hernán Lara Zavala. A mediados del siglo XIX, la península de Yucatán se ha independizado y vuelto a unificar con México. Los conflictos intestinos parecen obligar a mayor derrama de sangre. Por más que busca integrarse, la península sufre el asedio de dos corrientes contrarias: la liberal, que gobierna Campeche, y la conservadora, con sede en Mérida, destaca el sitio de Editorial Alfaguara.

¿Estás de acuerdo con las recomendaciones del autor Adolfo Castañón?

¿Tú, qué libros recomiendas leer este 2011?


Princesas - Pensar y existir

Exitimos por que alguien piensa en nosotrosPublicar entrada

lunes, 17 de enero de 2011

The Black Hole

martes, 11 de enero de 2011

Stray Animals Foundation

Imagina el terror en tu propia piel...

jueves, 6 de enero de 2011

Etérea Sangre

Etérea sangre,
invicta piel,
deseo palpitante
que llena de sed.


Pupilas llenas de olas,
mar enfurecido
en que ahogo la pasión.

Luna que entreveras
sus caderas.
Aire que envuelve indolente.


Caminos intransitables,
llenos de obstáculos inasibles,
tu mirada y tu palma fundida a mi
los hacen cortos, dulces.
Dicen que es de tontos o de santos
el estar perpetuamente enamorada de un fantasma.
Propiamente enardecida la piel,
desesperados los sentidos
por no olvidar el sabor de su piel, de su aliento,
el acento silibante con que susurraba
palabras inintelegibles en mi espalda.

Como olvidar el duelo dulce y húmedo con que trazaba
laberintos imposibles a fuerza de besos en mis muslos.
Como pretender ser rival la zafia realidad
de la borrachera exquisita  del fantasma en mi ser.

Y heme aquí junto al ventanal empañado
esperando corazón , tan sólo esperando.


Besos, besos largos como ríos.   Sofía